
Nadie sabe para quién estudia, nadie sabe para quién trabaja.
Por Diana Castro C.
Recuerdos circundan mi niñez, entre ellos están las caras de incertidumbre, las cuales trataba de descifrar mientras las miraba escondida desde el agujero de la manija vieja sin cambiar, algunos llegaban en familia, otros solos, algunos en pareja, otros con niños, y mis dos tíos, médicos de la universidad San Marcos, quienes solían transitar por la casa de mi abuela entrando y saliendo de sus consultorios, lavándose las manos luego de cada consulta y muchas veces, agobiados por ajetreo y el timbre que no precisamente sonaba por los pacientes agendados mas si por la visita de quienes traían las novedades de la tecnología aplicada al mejor-estar.

Esbeltos cuerpos bien uniformados y con maletas llenas de cajitas, explicando con sonrisas de certamen las bondades de sus nuevas soluciones para la salud. Recuerdo que muchas veces, nos pedían la complicidad en el pecado venial de la mentira y decían: “¡Diles que no estoy!” , escapando así a los tortuosos –con suerte – solo veinte minutos de explicación, del mismo producto, mejor elaborado, con la caja más linda, con nuevos compuestos, mejores recubiertas y la «novedad» era similar, el tiempo de eficiencia, y eficacia, con menor cantidad y a veces mayor precio, eran los comerciantes de lo que hoy sería el móvil de la práctica de la medicina humana, la red de mercadeo más antigua del mundo, las medicinas y su socio en el negocio, el merchandising.

Mis tíos eran médicos antiguos, de los que – casi – no existen ya, y hoy que vivimos el post trauma de la mascarilla y el gel de manos, cada vez que tenemos que ir al chequeo parecemos estar en la tele-consulta: lejanos, distantes y sin mirarnos a los ojos. Es entonces cuando recuerdo sus procedimientos como un acto casi eclesiástico, pues – cuando estaban de buen humor- , me explicaban lo que hacían religiosamente al llegar sus pacientes, conversar en invitar al relato del móvil que los dirigía hacia el consultorio, realizaba la anamnesis y en esta confesión poder «atar cabos» para saber por donde encaminar el inicio de sus suposiciones, acto seguido era iniciar la valoración física, y al sentarlos en la camilla, usar el martillo para reflejos de Taylor, ese pequeño golpecito en la pierna, el Reflejo Rotuliano, quien

podía decirle mucho sobre la respuesta del sistema nervioso, procedía a pedirle que abra la boca y observaba las amígdalas con su bajalenguas, muchas arcadas graciosas surgían, luego prendían sus linternas de bolsillo y miraba a profundidad sus pupilas dilatarse o contraerse, a veces seguían otros procedimientos un poco mas dirigidos a las deducciones que venían formando, y me fijaba en la atención al conversar con sus pacientes, a veces por tiempo prolongado. Nunca hay una consulta igual a otra, usualmente los pacientes tienen vergüenza o miedo, otras solo necesitan reconfirmar algo, pero aquí el temple del médico hace toda la diferencia.
Muchas veces, sus pacientes agradecidos, les ofrecían animalitos de sus granjas, les traían mantas, quesos elaborados para sus familias, mieles y otras muestras de

aprecio, en esa época se usaban beepers y los mensajes no tardaban en ser contestados, eran otras épocas donde no todo terminaba en una interminable lista que luego, sería cambiada, a favor del laboratorio que mas comisión les diera, por la/el técnic@ especialista que trabaja en una de las tiendas de franquicia naranja o verde de la esquina, llamada FARMACIA, donde encuentras desde bebidas energéticas llenas de azúcar y shampoos cancerosos llenos de bencenos, polysorbatos, triclosan y demás productos, que incoherentemente se expenden junto a la solución a nuestra deteriorada salud; es entonces donde me pregunto:

«Nunca hay una consulta igual a otra, usualmente los pacientes tienen vergüenza o miedo, otros solo necesitan reconfirmar algo, pero aquí el temple del médico hace toda la diferencia.»
¿Será que cada vez que vaya donde mi profesional de la salud de la clínica de moda, me dará tratamiento para el dolor con paracetamol carísimo de marca , y un ciclo de antibióticos?

que tendré que volver a tomar en tres meses nuevamente porque no va a solucionar mi problema.
Y si regreso en el curso que regresa el síntoma, signo y molestia, ¿Pagaré lo mismo para recibir exactamente la misma lista de compra?
Muchas veces he salido decepcionada sintiendo esto, una copia de lo anterior, y reafirmo, nada es como antes.
Muchos médicos, los de hoy, han perdido la sensibilidad que se asume junto a la bata blanca, ahora no se sabe si estudian para ser influencers de pastillitas y de hecho, las farmacéuticas tienen a sus disposición miles de representantes -libres de planilla-

quienes ya no te miran, no te auscultan, menos indagan, tienes que rápidamente entrar, señalarle dónde te duele, posiblemente te pida algunos exámenes y luego te dará una larga lista de medicinas, eso sí, encontraras tres a mas farmacias en una sola cuadra, ¿De cuándo acá necesitamos tantas medicinas? ¿Es un buen negocio tener una farmacia-supermarket? ¿Tan enfermos estamos? ¿Necesitamos más farmacias que bodegas o verdulerías? Parece que si.
Es la época donde el tiempo es dinero y ya quedan pocos profesionales de la salud que analizan tu caso, que buscaron algo más allá de la currícula universitaria, Hoy, en la época de la microbiota, las neurociencias, las hormonas bioidénticas y la nanotecnología, no nos esforcemos en aprender toda la anatomía si no vamos a acercarnos a un cuerpo sensibilizado por el dolor, y si honramos el principio Hipocrático donde se sostuvo que la enfermedad tenía una explicación física y racional, no nos quedemos en la química de laboratorio con marca registrada, no es justo tanto si vamos a aterrizar en el diclofenaco y en la amoxicilina solamente, hay muchísimo más para comprender.
Muchos médicos, los de hoy, han perdido la sensibilidad que se asume junto a la bata blanca, ahora no se sabe si estudian para ser influencers de pastillitas y de hecho, las farmacéuticas tienen a sus disposición miles de representantes -libres de planilla-
¿Valió la pena ofrendar 10 años de la vida para representar una firma internacional?
Es mi resumen de esta historia, “Nadie sabe para quien estudia, nadie sabe para quién trabaja”
Volvamos a los médicos que conectan, que te miran, que te sanan y busquemos la alternativa a la salud, en los hábitos diarios, en los alimentos, en las buenas relaciones humanas y por sobre todo, en la naturaleza.

